“Tomaron más Milo que agua de panela, comieron más lomo y ensalada que arroz con huevo. Ustedes saben a qué me refiero.”
En el siglo
XXI los avances tecnológicos no dan espera y cada vez son más los inventos y
las aplicaciones de los mismos que logran sorprender a la población que está
inmersa en el mundo de la tecnología. En el ámbito del aprendizaje, estos
avances han traído múltiples beneficios pero también han sido las causas de
numerosas consecuencias negativas, una de ellas –para este blog la más
peligrosa- es que están alterando, por no decir rompiendo, las relaciones
básicas de profesor – estudiante y escritura – lectura, ambas necesarias en las
formas de adquirir y afianzar conocimientos.
Con lo
anterior no se quiere decir que por generar consecuencias negativas y alterar
las relaciones básicas, casi naturales, de profesor – estudiante y escritura –
lectura, los avances en materia de tecnología no se deban implementar en los
procesos de aprendizaje del siglo XXI. Todo lo contrario, el objetivo es
demostrar que las herramientas tecnológicas pueden ser de gran utilidad cuando
fortalecen las mencionadas relaciones naturales que a su vez promueven un aprendizaje efectivo.
Al respecto
conviene decir que efectivamente hay relaciones naturales en el aprendizaje: en
primer lugar, se encuentra la relación existente entre el profesor y el
estudiante; y en segunda instancia se puede destacar la relación que existe
entre la lectura y la escritura. Llegado a este punto es importante aclarar que
no se profundizará en la segunda relación puesto que ese fue el objeto de la
publicación anterior de esta bitácora.
En cuanto a
la relación que une al profesor y al estudiante se puede decir que es natural
–o al menos tradicionalmente se ha posicionado como tal- por las mismas formas
de adquirir conocimientos, en este caso cabe resaltar que una de las formas
para adquirir conocimientos es mediante la enseñanza de otra persona que obtuvo
ese mismo conocimiento previamente. Para ilustrar mejor esta idea es preciso
recordar el método de enseñanza usado por los sofistas en la Grecia clásica, el
cual se basaba en la transmisión de conocimiento mediante la oralidad, el
proceso era jerárquico dado que los conocimientos se transmitían de unos
maestros –profesores, tutores, docentes- a unos aprendices –estudiantes,
discípulos-.
Ahora bien,
teniendo claro el porqué de la naturalidad de relaciones en los procesos de
aprendizaje, es preciso analizar la importancia de la tecnología en los mismos
procesos. Es evidente que los avances tecnológicos recientes han facilitado la
implementación de métodos de aprendizaje, entre los cuales se encuentran el
mayor acceso a los conocimientos de terceros, la facilidad para conocer y
descubrir cosas nuevas, la portabilidad de la información e incluso, con un uso
adecuado, incentivar la curiosidad de los estudiantes y dar las herramientas
para satisfacerla.
No obstante,
y he aquí el verdadero problema, los avances tecnológicos también han generado
consecuencias negativas para el aprendizaje. Como se explicó en la publicación
anterior la tecnología ha llevado a la creación de modelos híbridos entre
lectura y escritura que están afectando los procesos para adquirir
conocimientos de manera efectiva, puesto que las formas de leer y escribir se
han transformado. Se mencionaba en la publicación anterior que los jóvenes del
siglo XXI son los que más leen y escriben, pero las formas en las que leen y
escriben son distintas; es decir, las lecturas que se realizan ya no son
reflexivas y se presencia el fenómeno de que se escribe como se habla. Se tiene
en consecuencia estrategias inefectivas de lectura y escritura que con hábitos
y usos inadecuados no se logran corregir.
Los avances
tecnológicos en la relación profesor – estudiante también han ocasionado
efectos no deseables entre los cuales se pueden destacar los siguientes:
1) No
siempre facilitan la comunicación entre profesor y estudiante pues casi toda la
información se encuentra en formato digital y el estudiante, en algunos casos,
no encuentra la necesidad de visitar a un docente para que acompañe sus
procesos.
2) Hay
herramientas que usan algunos profesores y algunas universidades que sin mayor
intención que facilitar el aprendizaje de sus estudiantes los alejan, que todo
sea virtual o digital generalmente no incentiva al estudiante a pedir un mayor
acompañamiento a sus docentes.
3) La
tecnología ha sido la causa de la apertura y el cierre de canales de comunicación
entre profesor y estudiante, esto es evidente cuando se sabe que la mayoría de
los estudiantes que acuden a un docente lo hacen cuando están en dificultades y
no tienen más opción que solicitar apoyo.
4) Los
docentes usualmente tienen la intención de usar la tecnología para que sus
estudiantes por igual tengan el mismo acceso a la misma información, no
obstante, no siempre es el canal más adecuado. Hay situaciones en las que se
requiere una relación más personal entre estudiante y profesor.
Con lo que
se acaba de afirmar no se quiere decir que el docente deba adaptarse a los
malos usos y hábitos tecnológicos de los estudiantes, pero sí debería buscar
formas de incentivar o de crear buenos usos y hábitos.
Como se ha
mencionado con insistencia, la relación profesor – estudiante es fundamental en
el aprendizaje, y a pesar que los usos inadecuados de la tecnología la estén
alterando o rompiendo, no se puede dejar de valorar la utilidad y las ventajas
que esa relación ha generado en el aprendizaje. Luchar contra la tecnología no
sólo es imposible sino también indeseable, por ende eso no es lo que se busca
ni lo que se propone. Sin embargo, sí se puede promover un buen uso de las
herramientas que brinda la tecnología como se expuso en la anterior sesión del
curso.
Para darle
un buen uso a la tecnología y adquirir hábitos tecnológicos que faciliten un
aprendizaje efectivo es de gran utilidad explorar y jugar con lo que puede ser
estimulante para los estudiantes. Por estimulante hay que entender los hábitos
que tengan los estudiantes en su vida cotidiana, por ejemplo si los estudiantes
usan cotidianamente sus redes sociales, su correo electrónico o cualquier otra
herramienta tecnológica, los docentes podrían buscar formas de enseñanza que
involucren la integración de esas herramientas. Si el docente de la Universidad
Javeriana hubiera explorado nuevas formas -para él pero ya conocidas por sus
estudiantes- para incentivar la lectura y la escritura, quizá no hubiera
renunciado.
Bien
pareciera por todo lo anterior que leer es a escribir como el profesor es a los
estudiantes, pues los cuatro son elementos necesarios en el aprendizaje y las
dos relaciones están agrupadas por ser procesos paralelos y complementarios.
Finalmente,
cabe señalar que las dos son relaciones naturales e irremplazables, que si bien
están en riesgo con la tecnología no hay que luchar contra la tecnología sino
adaptarla y tener en cuenta la motivación de los estudiantes para integrar la
tecnología a hábitos adecuados de lectura y escritura que fortalezcan la
relación entre profesor y estudiante con el fin de obtener una enseñanza que
termine un aprendizaje correcto y esperado.
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